Del libro 
LAS PUERTAS DEL TIEMPO 
(ed. Vitruvio nº86.  2005)
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.He vivido como  las piedras, 
guardando la humedad del corazón. 
Al otro lado de la vida. 

Desde allí el sol parece el aro de un niño, 
lo mueven a capricho, 
Lo empujan hacia la tristeza, 
lo golpean contra el muro, 
llenan de sangre el renglón último 
de la tierra. 

Como el niño aplastas con crueldad 
la semilla que habría de ser sol mañana 
y te quedas junto a la noche, temblando 
en el hueco oscuro de la luz.
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Quiero se ese árbol en cuyas ramas 
maduran las cerezas, 
el aire, los años, 
donde acuden los pájaros 
                              y la esperanza. 

Ese que soporta la escarcha y llora.
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La luna fecundada 
acude al agua, 
deposita la palabra 
que fue el crepúsculo. 

En las entrañas frías 
podrás, corazón, 
amar las ondas 
y ésta imagen reflejada 
que arrojo 
para no morir del todo. 

Aunque ciego y vacío 
camine y el dolor sea  
la nieve sin fin de las cumbres.
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EL otoño es la estación de las aves 
siempre fue así, incluso antes 
de que yo naciera y aún después 
de que aprendiese a reconocer 
amores y palabras por el olor. 

Sus cantos son tristes 
y hasta parecen antiguos héroes 
que preparan un viaje sin fin. 

Pero he aprendido que algunas 
regresan, vienen hasta mi mesa 
sobre el mantel blanco depositan 
una pequeña rama de eternidad, 
también verde olivo.
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Van en bandadas, 
se llevan el verano a lugares 
que en verdad lo necesitan. 

También las horas ardientes, 
el amor imposible y el amor, 
la sed de la arena o incluso palabras. 

Vuelan desde los tejados o desde las hojas ocres. 
Apenas duermen, ellos los pájaros 
se llevan nuestros días sin saberlo 
a otros lugares. 

Y el jardín se queda oscuro 
como el ojo dormido de un dios.

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EL paisaje ese pecho dormido 
junto a mi pecho 

Al tocar su piel 
escucho nacer la luz. 

Hay restos de viejas caligrafías 
en arena, música que me elevó 
hasta los ojos de los pájaros. 
Hay vacío y una verde soledad 
en todo mi reino. 

Yo estoy sentado bajo la encina 
como si fuera mi casa. 
Aquella me resguardaba del frío 
y del amor, aquella que ocultó 
en los desvanes amarillos 
mi propia mirada. Al norte la fábula. 

Si no fuera por los sueños 
sentiría el filo del hielo en el corazón. 
Ni siquiera el eco podría calzarse 
tus zapatos y llegar ardiendo hasta mí.
 

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La noche muerde la raíz del mundo. 
Estábamos olvidados por el tiempo. 
Ahora  que he vendido el alma 
acaricio la nieve. 

Hay voraces sombras que caminan 
en las pupilas y desconocimiento. 
Una música vela las luces de la noche. 
Y mi vida como si fuera una ola 
se tiende junto a mí, sobre el frío. 

Trato de ver a Dios  en el árbol deshojado 
y Dios me mira a través de los cristales. 
Allí en su castillo, donde la nube y el amor 
se engendran, duermes junto a mis días. 

Pero por si no fuera así, he dejado 
la puerta del corazón abierta, 
para que cuando la oscuridad sea inmensa, 
regreses al fuego como entonces 
y suene otra canción.
 
 

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Vida, siéntate a mi lado y dime: 
¿qué parte soy de tu cuerpo? 
En tus cabellos negros y vacíos, 
trenzados sobre el almez, 
hacen nidos los pájaros. 
Son pequeños universos, 
como hogueras encendidas 
en mitad de la noche. 
Dime ¿Soy yo el que muere en invierno? 
 
 

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Sobre el muro la nieve 
tiene el esplendor de las flores. 
Hay pájaros que picotean su luz. 

Arrancan el corazón al día. 
Queda atrás el tiempo, 
la excitación del árbol a la llegada 
de la primavera, su palabra. 

Al despertar se deshace la sed. 
No recordamos lo que fuimos. 
Es la fugacidad. 
Yo toco su pupila delante de las cañas. 

Y mis noches ¿Quién las guarda?
 
 

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La oscuridad cae sobre el tejado de la casa, 
lo abre, 
así el amor llega sin una razón y voltea. 

Bajo su mano el río se deja arrastrar 
como una bestia dócil. 

Acaso la primavera curvó de fiebre 
la rama florida 
que entraba en la habitación. 

Pero el sonido, el cuerpo, la vida 
acaban marchándose. 

El tiempo llena de lodo las fuentes, 
la lluvia pudre sus cimientos, 
el amor, ay, viejo y oxidado metal 
no volverá a sangrar al sol de nuevo, 

pero se mira en el espejo del río, 
por si pudiera trazar, con las últimas flores 
un camino apacible hasta la casa.